Ocho meses después de que el huracán Helene arrasara su comunidad montañosa, All Hands & Hearts (AH&H) volvió a ponerse en contacto con Marya, una de las primeras personas a las que ayudamos inmediatamente después de la tormenta. Nos contó su historia, dónde se encuentra hoy, y nos explicó las secuelas emocionales y físicas que la tormenta ha dejado en ella y en su comunidad.
El momento en que todo cambió
Cuando el huracán Helene se abatió sobre ella, Marya nunca imaginó que su vida cambiaría por completo en cuestión de instantes, ni cuánto duraría ese cambio.
"Estaba sentada en la cama, sin electricidad, grabando un breve vídeo para mi hija mediana", recuerda Marya. Estaba grabando un momento tranquilo, casi mundano, de la vida sin electricidad cuando oyó el sonido que significaría el comienzo de su calvario: un crujido profundo y resonante.
Al principio pensó que un árbol había golpeado la parte trasera de su casa. Mientras avanzaba en la oscuridad, sin dejar de hablar con su hija por la cámara, llegó a la puerta trasera. Allí, su teléfono captó algo mucho más aterrador. La crecida de las aguas, diez pulgadas, luego catorce, en cuestión de segundos.

Escapar de la inundación
En ese instante, el instinto de supervivencia se impuso. "No puedo atravesarlo andando. No puedo atravesarlo en coche. Soy perito de seguros, sé cómo acaba esto", pensó, narrando su propio plan de huida mientras decidía huir cuesta arriba, lejos de la riada.
En esos momentos, la ferocidad de la tormenta cambió por completo su sentido de la realidad.
"Las catástrofes son raras", dice. "Tu sentido de la normalidad cambia".
La vida después
La vida que conocía, en la que encender la luz, preparar la cena o tirar de la cadena se hacía sin pensárselo dos veces, había desaparecido. Durante 40 días, Marya vivió sin electricidad. Utilizaba cubos de cinco galones para tirar de la cadena, cocinaba en un hornillo en el porche y gestionaba cuidadosamente cada gota de agua y cada trozo de comida.
Aún hoy persisten las secuelas de aquella época. "Hoy está lloviendo, y cada vez que llueve me pongo nerviosa", dice. "No confío en que las montañas se queden donde están. No confío en que los árboles se queden donde están. La lluvia no es sólo un ruido bonito. Es una amenaza".
Las cicatrices visibles del huracán Helene aún atraviesan el paisaje de la comunidad de Marya. Algunas carreteras siguen reducidas a un carril donde el resto se desmoronó. Los vecinos viven en campings provisionales, incapaces de reconstruir sus casas. Siguen cayendo árboles, los corrimientos de tierra bloquean las carreteras y el entorno sigue siendo inestable ocho meses después de la tormenta.
"El daño no es sólo la noche que ocurre", dice Marya. "El daño es continuo a cámara lenta durante meses".

Una comunidad que aún se recupera
Después, la lucha de Marya continuó con otro acto de resiliencia: pedir ayuda. "Pedir ayuda es una de las cosas más difíciles de hacer como adulto independiente", reflexiona Marya. "He criado a mis hijos para que sean adultos trabajadores. He llevado a mis hijos a la universidad. Y aquí estoy, teniendo que pedir comida, agua, recuperación básica".
Es una lección de humildad, de supervivencia y de la serena fortaleza de quienes viven lo inimaginable y luego afrontan el largo y lento trabajo de la recuperación.
Nos sentimos profundamente conmovidos cuando Marya compartió que AH&H ayudó a que su recuperación fuera un poco más fácil después de limpiar los escombros y reparar los daños, pero aún más importante, apareciendo cuando la ayuda parecía fuera de su alcance.
"En ese momento de sentirme pequeña y necesitar ayuda, AH&H nunca hizo más difícil pedirla", compartió con nosotros. "Fue generoso, fue abierto, fue genuino. Me hizo sentir como mis vecinos. Eran seres humanos ayudando a seres humanos, vecinos ayudando a vecinos. Nunca supuso una carga añadida a la catástrofe".
